domingo, 28 de noviembre de 2010

Unos villancicos con gusto a peruano

Presentan disco navideño teñido de rojo y blanco

Susana Baca, Roxana Valdivieso, la Familia Ayacucho, Perú Negro, el Coro Arpegio, entre otros, participaron en la grabación de este disco, Roja y Blanca Navidad, que tiene como principal motor fusionar el espíritu navideño con las expresiones propias de la música peruana.

La iniciativa y producción nació de Mamachamusic, en alianza con Starbucks Perú y Playmusic, como parte de la campaña Escuchaperuano, lanzan este disco en el que se pueden encontrar clásicos navideños como Burrito sabanero, Ven a mi casa esta Navidad, Feliz Navidad, Noche de paz, Rueda rueda, interpretado con instrumentos peruanos, al estilo de un vals, de reminiscencias andinas o con ritmos negros.
De alguna manera, este disco hará que en su hogar la Navidad tenga el gusto de una celebración más peruana, marcada por las quenas, el saxo, el cajón, y por supuesto las inconfundibles voces de Susana Baca o los Niños cantores de Ayacucho. A decir de los productores, “Esta compilación de música peruana se ha elaborado para acompañar a toda la familia en una de las temporadas más hermosas del año. Ritmos que nos han visto crecer, canciones que nos hacen retroceder en el tiempo y recuerdos que fortalecen el amor por la familia, son solo parte de este viaje navideño y musical”. Los arreglos y las voces convierten estos villancicos en versiones muy cercanas al sentir peruano, pero que no pierden aquello que llaman el espíritu navideño: el constante redescubrir el espíritu cristiano de las fiestas, la infantil ilusión por la celebración y esa nostálgica esperanza que surge en estas fechas.

Mamacha Music fue creada con el objetivo de registrar y difundir las músicas más bellas del Perú y han empezado una alianza estratégica para promover la música peruana. Desde noviembre, en los establecimientos de Starbucks, están a la venta los discos de esta productora. Algo que se debe destacar es que un porcentaje del monto económico recaudado será enviado a un fondo benéfico a favor de la escuela de música Jazz Jaus.

Verdades históricas antiperuanas de Chile

A los peruanos nos falta dar el salto cualitativo que nos coloque por encima de toda trama contra el país

VALENTIN GAZZANI BOSWORTH

Qué alegría habrán sentido los chilenos al conocer el lanzamiento de la candidatura de Toledo, su fiel amigo, pues si los votantes peruanos se dejaran llevar otra vez por su eterna inclinación al suicidio colectivo convirtiéndolo en Presidente, ellos (los chilenos) volverán a tener oficinas en Palacio de Gobierno y desde allí regirán el destino del Perú como la vez pasada, convenciendo al dipsómano cliente del especulador gitano Soros, que vuelva a izar allí la bandera de los gay pretendiendo que era el labarum del incario, a sabiendas de que nunca lo hubo.


Eso como ejemplo real y lo otro es que con Toledo en Palacio, el arreglo de la “cuestión” marítima se vuelve más asequible. Hace doscientos años, años más años menos, un peruano ocupaba la presidencia de las Cortes españolas luego de la derrota de Napoleón Bonaparte y la consecuente expulsión de Pepe botella.
Tal era el poder y la injerencia que teníamos por ser el virreinato peruano parte integrante del reino de España. En aquella época, la Capitanía de Chile era, como su nombre indica, capitanía de puerto a la que los ingleses habían echado el ojo para convertirla en el eje central de la invasión al Perú, so pretexto de liberarlo del “yugo” español (y encima nuestros “amigos” libertadores nos cobraron deuda de guerra y nos despojaron de territorios). Ya por el norte y por el Atlántico sur los ingleses habían configurado la tenaza militar para quitarle a España sus colonias en una especie de venganza de tribu bárbara por haber perdido ellos la de EEUU. San Martín y Bolívar fueron financiados por la logia inglesa “Lautaro” (nótese el nombrecito de la tal logia) supuestamente conformada por masones anti-católicos. Les faltaba el dardo por el lado más cercano del Pacífico y por eso escogieron al pequeño país llamado Chile. Antes de seguir adelante debo aclarar que los chilenos aprovecharon bien (y siguen aprovechando del apoyo sajón) la circunstancia de la ayuda inglesa para conformar su nueva sociedad, mientras nuestros antepasados herederos de la república se vestían de oropel francés y se ocupaban de sus pequeños asuntos particulares, suponiendo que la historia estaba de su lado en el manejo del país, grave error que descoyuntó al Perú del siglo XIX por el que hemos pagado las consecuencias. La demanda marítima reciente ha tenido la virtud de sacar a Chile del clóset para decirle al mundo que el Perú no es de fiar y que ellos sí son país serio, cuando no hace mucho tiempo atrás, en 1995 y siendo garantes o avalistas de un tratado de Paz le vendieron armas a una de las partes en conflicto (que por lo demás siempre alentaron por lo bajo para jaquear al Perú en su desarrollo). Y ni qué decir que hace cien años culminaba la maniobra para impedir el referéndum sobre Tacna y Arica (que ellos mismos propusieron en el Tratado de 1883), viéndose obligados por EEUU a entregar Tacna en 1929, 50 años después de la guerra que perdimos, en una especie de solución salomónica incomprensible para los pueblos no sajones. Con la elección de Toledo culminaría la puesta en marcha del viejo sueño chileno de la “ampliación del territorio metropolitano”.(*) Esto es, sin necesidad de enfrentar un conflicto bélico, tendrían suprema injerencia en los asuntos peruanos convirtiéndonos en una extensión de su ámbito territorial. Ya lo hemos visto desde el 2001 cuando empezaron por apoderarse, sin competencia que valga la pena, de los cielos del Perú (no sólo comercialmente sino en el rubro de carga y el militar porque en Lan hay pilotos peruanos –para guardar las apariencias- imbuidos del espíritu chileno).

En esta década han maniobrado exitosamente para hacer desaparecer a nuestras venidas a menos Fuerzas Armadas, que no solo no han comprado material de guerra importante sino que dejarán de funcionar, poco a poco, las escuelas de oficiales. Únicamente prepararán efectivos militares para los cascos azules de la ONU que vayan a lugares inhóspitos y al VRAE. En esta década también han apoyado la modernización del Callao porque lo necesitan como puerto “feeder” (o alimentador) del gran puerto del Pacífico que están terminando de construir en Mejillones (irónicamente, Mejillones se ubica en Punta Angamos). El comercio retail (al detalle) del Perú está en sus manos – Ripley, Saga Falabella, Tottus, Wong – y su injerencia en banca y bolsa de valores peruanos es notoria. Por ello debemos entender que lo que se conoce en geopolítica como “percepción de país” lo tienen ellos, no los peruanos. Entonces, el armamentismo que lucen los chilenos no es en primera instancia para atacar a sus vecinos (que lo harán si fuera necesario para sus intereses) sino que es parte importante de lo que debe lucir un país aspirante al primer mundo, tanto en el aspecto militar cuanto en el económico y el político. Su única flaqueza por ahora es la cuestión social, pues hay extrema desigualdad entre los de arriba y los de abajo chilenos. Los peruanos tenemos la obligación de pararnos sobre nuestros propios pies. Ya basta de manipulaciones y ajetreos para favorecer a otros.

Nos falta un relativamente pequeño impulso para dar el salto cuantitativo y cualitativo que nos coloque por encima de toda trama en contra del país. La década que comienza el 2011 es definitoria y es por ello que los jóvenes empresarios, emprendedores, asalariados, propietarios y además deberán avanzar hacia el futuro con paso firme y sin complejos. No hay otra solución. P.D.- El Ministerio de Cultura creado por este gobierno absorbió las instituciones “culturales” del Estado entre ellas el canal 7 de TV. Ahora canal 7TV ha pasado a ser de “canal de todos los peruanos” a “canal de todos los caviares.” NB1.- El millón de disciplinados votos de la familia militar – policial será decisivo el 2011 para elegir presidente de la república y obtener mayoría en el Congreso. Aún es difícil conjeturar su inclinación. Lo que sí podemos predecir es adónde no irán. No votarán por Toledo ni por Aráoz. NB2.- Las encuestadoras se coluden como los que quieren tramar la igualdad de precios. Ahora resulta que la oferta millonaria de publicidad orquestada para Toledo (hace recordar la campaña de 1990 del FREDEMO y Vargas Llosa) es la que impulsa su candidatura. Ni que el pueblo fuera caído del palto. NB3.- Los pueblos eligen a sus dignatarios a su imagen y semejanza. El pueblo ha elegido la huachafería. Debemos respetar la voluntad del pueblo, así es la democracia. (*) Leer ensayo de los nuevos pensadores italianos Fco. Alberoni “Escenarios de poder”,-Furio Colombo “Poder, grupos y conflicto en la soc neolendal”, “La Nueva Edad media ha comenzado ya”. Alianza Editorial. Madrid 2004.

FUENTE : LA RAZÓN

Muerte de la cédula viva es obra de los mismos que traicionaron al Perú en la Guerra con Chile

La ingratitud para con los vencedores del terrorismo
EDWIN DONAYRE GOTZCH (*)

General de División EP ®


Por haber transitado el Perú de frontera a frontera, por alrededor de 40 años en el Ejército, incluido en la guerra contrasubversiva, creo interpretar el sentir del pueblo y la indignación de viejos y jóvenes soldados y policías que enfrentaron y enfrentan aún, en especial en los Valles de los Ríos Apurímac y Ene, también conocido como el VRAE, al terrorismo y al narcotráfico, enemigos del país, de la libertad y la democracia.


Con sus aciertos y errores, con el apoyo del pueblo y los Comités de Autodefensa, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional han cumplido honrosamente en la larga marcha de la tarea pacificadora, pero a un elevado costo, porque para muchos fue un viaje sin retorno. Para otros significó regresar mutilados y discapacitados física y mentalmente, por lo que sus madres, esposas e hijos sobrellevan el sufrimiento al verlos inutilizados, y, por si fuera poco, no pocos de ellos y sus jefes han estado o aún están enjuiciados por supuesta “violación de derechos humanos” en el combate contra los asesinos de sectas genocidas maoístas y polpotianas.
Muchos veteranos de la guerra antisubversiva que combatieron en las peores condiciones, años después pensaron que con el pujante crecimiento económico del Perú (que con su sacrificio y sangre ellos ayudaron a impulsar derrotando al terrorismo), al fin habría recursos fiscales para elevar en algo sus magras remuneraciones y pensiones, que están entre las peores de América Latina. Pero no. Se equivocaron. Y es que al retornar de los destacamentos que se habían forjado en esa confrontación –el Frente Huallaga o el Frente Mantaro por ejemplo, o de los antiguos Comandos Político-Militares, como el de Ayacucho– pronto se dieron con la sorpresa de que no les esperaba el agradecimiento, por haber devuelto la paz a la Patria amenazada, sino un paquete de ingratitudes de un Estado infiltrado por elementos que profesan un odio enfermizo a la Fuerza Armada o son marionetas de poderes supranacionales.

El pueblo civil y el pueblo en armas Hay que enfrentar de una vez la verdad sobre este tema que se ha trocado ideológico. Para nadie es un secreto que todo el siglo XX, e incluso antes, el pueblo civil y el pueblo en armas (especialmente el Ejército), aunque unidos por el sentimiento patrio, caminaron muchas veces por cuerdas separadas. Y es que de un prejuicio civilista, que antes fue contra los legionarios de la independencia y después contra los sobrevivientes y héroes de la Guerra con Chile, se pasó primero al veto y después al odio en la época moderna del Perú, sobre todo después del alevoso crimen contra el general Sánchez Cerro a manos del APRA en la primera mitad del siglo pasado. En la segunda mitad, cuyas consecuencias las vivimos, vino el ingrediente ideológico, cuando sobre la base de los viejos prejuicios, vetos y odios se instaló, en la mayoría absoluta de los centros de formación superior, llámese Universidades y Normales, y lo que es peor, como una política de Estado, la primacía de la enseñanza del marxismo leninismo y de la lucha de clases en sus diversas variantes, incluido la genocida de Abimael Guzmán, en la Universidad de Huamanga, para efectos de la comprensión de la historia del Perú y el estudio de la realidad nacional. Y las mismas circunstancias en el magisterio nacional, encargado de la enseñanza primaria y secundaria, a cargo de sectores extremadamente radicales del sindicato magisterial llamado SUTEP. Durante decenios se encargaron de inocular el odio ideológico, “de clase” le llaman, en las aulas universitarias y en el mismo magisterio nacional, obra de los sectores extremistas y sediciosos. Son éstos los que han inculcado en nuestros hijos esas ideas de odio predicando que la Fuerza Armada es el brazo armado, el “perro guardián” de la oligarquía, la burguesía y el imperialismo, cuando cualquier investigación seria concluiría que no ha sido así. Es esta corriente ideológica comunista y/o comunistoide la que ha dominado y domina aún el mundo cultural peruano, la que con sus revisionismos históricos ha mellado la autoestima nacional, al extremo de que nuestros muchachos y adolescentes sentían vergüenza de cantar el sagrado Himno Nacional. De esas escuelas de odio han salido los cuadros que han pasado a formar la Judicatura y en general el manejo de los poderes del Estado. Son los mismos que a diario atacan a la Iglesia católica y al empresariado que motoriza el desarrollo económico. Son los tataranietos del viejo civilismo traidor en la guerra con Chile, aupados en el Perú de hoy en diversos estamentos del Estado y en especial en ciertas ONG dizque de derechos humanos que, con el apoyo de algunos medios de comunicación, que también lucran con ese tipo de odio contra el Ejército del Coronel Francisco Bolognesi y del Mariscal Andrés Avelino Cáceres, prosiguieron con su campaña de destruir a la Fuerza Armada, en muchos casos, tras los dictados de ciertos poderes imperiales que pretenden que en nuestra América Latina, al margen del Brasil, país con peso propio en el concierto mundial, solo Chile posea fuerzas armadas en una suerte de gendarmillo en la parte sur del continente.

La conjura continuada A resultas de este desencuentro entre militares y civiles es que no hay una comunidad de intereses, salvo en situaciones extremas de guerra interna o externa, cuando los enemigos de antaño bajan la guardia sólo por cuidar sus pellejos. Pasado el peligro, vuelven a las andadas, siempre desde los medios de comunicación y determinados partidos políticos, al extremo de oponerse en todo lo positivo para las Fuerzas del Orden, o impedir un consenso nacional en temas cruciales como es la Seguridad y Defensa Nacional. Por eso sería un lugar común hablar de la indiferencia y el desinterés de este tipo de civilismo antimilitar por conocer la forma de vida espartana que se practica en cuarteles y comisarías o las peculiaridades de la sacrificada vida castrense. En los últimos años no es tanto la ignorancia en torno a cómo es esa vida, sino el prejuicio y la demagogia de presentar a los Institutos Armados o a la Policía Nacional como entes per se corruptos, al igual que su alta oficialidad, usando para tales fines de manipulación mediática la nefasta experiencia del montesinismo cleptocrático. En esta conjura continuada, en este diseño de destrucción de nuestra Fuerza Armada, en especial el Ejército, es decir el pueblo en armas, es que llegó, con demasiada mezquindad, lindante con la traición, el marrullero proyecto de ley de muerte de la “Pensión renovable” (mal llamada cédula viva, simplemente para confundir al público y con la excusa de eliminar el “efecto espejo”), el DU Nº 014 – 2010, que era lo último que en materia de precaria seguridad económica aún mantenían y mantienen los militares que habían decidido, desde muchachos, dedicar sus vidas a esta sacrificada misión de las armas, que es la de dar seguridad interna y externa a nuestro Estado nación y a las instituciones que la sustentan. La opinión pública debe saber que es el Estado el que pretende eliminar la Pensión Renovable, desconociendo el régimen excepcional que norma la situación laboral de las Fuerzas Armadas y Policías de la mayoría absoluta de las naciones del mundo, incluido Chile, que tanto les gusta imitar y poner de paradigma, en este caso con remuneraciones y pensiones dignas de reconocer en el país austral. Aquel regalo macabro, aquel paquete de medidas contra el pueblo en armas, que ha sido objeto de rechazo unánime en la Fuerza Armada y la Policía Nacional, vino nada menos que del actual Gobierno en la persona de doña Mercedes Aráoz, cuando era titular de la burocracia insensible del Ministerio de Economía y Finanzas, antes de asumir el encargo de una eventual candidata presidencial del Partido Aprista. El periodista César Hildebrandt ha ido más lejos en su habitual estilo. En reciente columna titulada “Hora decisiva para el APRA”, ha dicho que “la señora Aráoz es muy amiga de Chile y enemiga de las Fuerzas Armadas del Perú, a las que reduciría a una condición aún más indigente; es enemiga del gasto social, que con ella sería mutilado ene veces; es enemiga del salario mínimo y de los derechos sindicales. O sea: podría hacer el trabajo sucio del liberalismo paporretero que el actual Gobierno ha adoptado como religión”.

Un desencuentro a resolver Las autoridades que ya se van nos exigen sacrificios al pueblo en armas y sus jubilados, pero se hacen de la vista gorda ante el aumento de 28% de incremento presupuestal del Congreso en el proyecto de Presupuesto General de la República para el 2011. Es decir ¡82 millones de soles, o un equivalente de 750 mil soles por cada parlamentario! Alguien ya dijo que eso servirá para ser usado en jugosas liquidaciones o compensaciones a los congresistas que no serán reelegidos, al igual que a su entorno. ¿Por qué ese monto si toda la administración pública tendrá un incremento, por el crecimiento económico, de menos del 8%? ¿Cómo es esto de que un poder del Estado se da el lujo de incumplir las disposiciones sobre disciplina fiscal? Tal vez sea necesario refrescarle a los llamados “padres de la Patria”, que un coronel del Ejército tiene como sueldo básico 0.6 centavos de Sol. La ley ordena que al pasar a retiro debe recibir 35 sueldos, o sea dos soles. ¿No es esto una irracionalidad a superar y otro ejemplo del desencuentro a resolver entre civiles y militares? Mientras tanto, el Ministerio de Economía y Finanzas anuncia el contrato de una empresa para que haga un estudio de nuevos sueldos y pensiones para el personal en retiro de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. Otra consultoría insulsa, para la cual sí hay jugosos presupuestos cada año, como si el caso pensionario en debate fuera de complicada investigación. ¿Acaso no es elemental que todo régimen previsional está relacionado al régimen laboral? ¿Al margen de la experiencia mundial, es tan difícil entender las particularidades del trabajo castrense? Simplemente no. Se trata de un régimen remunerativo diferente al de cualquier otro funcionario público. Un compromiso de por vida de trabajo de 24 horas, sin descanso si así lo dispone la superioridad, es decir a dedicación exclusiva. En épocas de paz, sólo puede descansar si uno no está de servicio. No hay derecho a sobretiempos remunerados, u horas adicionales de descanso, o pago extra por nocturnidad, ni por alto riesgo, o por manejo de material peligroso y costoso, nadie recibe más de 12 sueldos al año, y los despidos son intempestivos y sin ninguna compensación. La formación profesional es acuartelada, con el deber de no quejarse, excusarse, ni menos disculparse, bajo ninguna circunstancia en el cumplimiento del deber, aunque la vida corra peligro. La vida castrense no tiene derecho a la organización sindical, a la protesta, a la opinión discrepante. Es la única profesión que debe cumplir estricta inamovilidad que puede representar meses y meses, en periodos de estados de emergencia, o de excepción, como ha sucedido desde 1980 hasta la década siguiente del pasado siglo, en la guerra antiterrorista, manteniéndose esta situación a algunas regiones del territorio nacional, como el llamado VRAE. Incluso para contraer matrimonio hay que pedir permiso, entre tantas otras restricciones que son derechos de todo funcionario público civil. (Continúa mañana). (*) Ex Comandante General del Ejército

sábado, 27 de noviembre de 2010

Batalla de Tarapacá, los sirvientes de Chile evitan resaltarla

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Hoy recordamos un nuevo aniversario de la victoriosa batalla de Tarapacá. Los diarios sirvientes de Chile pueden recordar fechas que nos llevan a historia más antigua, como la del Señor de Los Milagros, Santa Rosa de Lima o el 28 de julio de 1821, pero evitan recordar la Batalla de Tarapacá, basta revisar los diarios para comprobarlo.

Esta batalla tuvo lugar el 27 de noviembre de 1879. Para apreciar el significado de esta acción de armas debe tenerse en cuenta que tras el revés de San Francisco y ya sin la ayuda del ejército boliviano, las fuerzas del ejército peruano no tenían ni caballería ni artillería; eran puramente hombres de a pie que literalmente habían estado perdidos en el desierto.

La vanguardia del ejército peruano y su primera división, al mando de Alejandro Herrera, estaban a unos 15 kilómetros de Tarapacá, en Pachica, lugar donde acamparon.
En Tarapacá sólo estaban las divisiones de Andrés A. Cáceres, la de Francisco Bolognesi y una tercera que agrupaba a restos de unidades heterogéneas1. Las bien organizadas tropas de ladrones y asesinos chilenos asomaron por las alturas de Tarapacá aproximadamente a las 8 y 30 de la mañana, de manera que iniciaban la batalla teniendo a las fuerzas peruanas casi rodeadas y en parte baja.

Apenas notaron la presencia de los delincuentes chilenos, las tropas peruanas tomaron la ofensiva, ¡cuesta arriba! Tras horas de intenso combate los peruanos ocuparon las alturas y, además, oportunamente llegaron de Pachica la vanguardia y la primera división, que contribuyeron a sellar la victoria a las 5 y 30 de la tarde. Del lado peruano hubo 236 muertos y 261 heridos; mientras que los hampones chilenos tuvieron que lamentar 516 muertos, 176 heridos y 60 prisioneros.

Esta gesta heroica es notable, además, por la atinada dirección de los comandantes peruanos, que condujeron de manera muy acertada los movimientos y maniobras de las unidades a su mando, puesto que el menor error hubiese significado la destrucción de las fuerzas peruanas, que combatían, como hemos señalado, sólo como fuerza de infantería, frente a los rateros chilenos que sobre los nuestros tenían la ventaja de contar con caballería y artillería. Los soldados peruanos llegaron a capturar del enemigo piezas de artillería que utilizaron contra ellos, lo cual dio cierto equilibrio a las acciones.

Los peruanos derrotaron de manera contundente a los homicidas chilenos invasores, pero tal como estaba la situación de la guerra y los recursos económicos del país, nuestro ejército no estaba en condiciones de sacar provecho de esta victoria. La misma noche del 27 emprendió la marcha hacia Arica, al norte, y ni siquiera pudieron llevarse los cañones capturados a los terroristas chilenos puesto que, como se ha señalado, los peruanos no teníamos caballería ni animales de tiro. Destacaron en esta jornada victoriosa los coroneles Francisco Bolognesi, Andrés A. Cáceres y Belisario Suárez y el soldado cuzqueño Mariano de los Santos, que capturó el estandarte del 2.o de línea del ejército agresor.

Esta gloriosa victoria de las armas peruanas, lograda en batalla cuesta arriba con tropas cansadas de caminatas, mal armadas, mal vestidas y calzadas, fue motivo de orgullo para los militares peruanos hasta aproximadamente la década de los treinta del siglo pasado. Después, hasta el día de hoy, la coima chilena a los gobernantes peruanos ha hecho que éstos anulen o minimicen las expresiones de patriotismo de los peruanos y ya casi nadie celebra esta victoria, la única2 que logró el ejército peruano durante la guerra de 1879-1883. Paradójicamente, se ha convertido en un recuerdo incómodo3 que estorba la “amistad” que promueven los sirvientes de Chile con los delincuentes agresores que vinieron del sur. Consecuentemente, en esta atmósfera de sentimientos prochilenos, para los lacayos de Chile mejor que recordar a los héroes de Tarapacá y rendirles público reconocimiento es tributar homenaje a la rata chilena Arturo Prat en instalaciones militares peruanas4.

Es muy importante que prestemos atención a lecciones que nos deja la guerra que nos enfrentó a los terroristas chilenos. Si pasó lo que pasó, si sufrimos las ya conocidas derrotas, fue porque en su momento —al menos unos diez años antes de la invasión chilena— los gobernantes del Perú, por ignorancia o por corrupción, no tenían claro que Chile era país enemigo; sólo unos pocos entendían esta realidad y clamaban por la necesidad de prepararse para la guerra, pero más pudo la influencia de traidores prochilenos como Mariano Ignacio Prado y Nicolás de Piérola que en cada momento dejaron de hacer o hicieron justo lo necesario y conveniente a los intereses chilenos. Por eso, a la luz de la historia y de los hechos actuales, es necesario saber si quienes dirigen los destinos del Perú y quienes están encargados de su defensa son patriotas verdaderos o son peruanos al servicio de Chile, país delincuente y enemigo del Perú. ¿Cómo saberlo? Muy simple: si son patriotas verdaderos dirán públicamente que Chile ha sido y es enemigo del Perú; si están vendidos a Chile evitarán dar una respuesta clara.
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1 En esta división participó la columna Loa, de civiles bolivianos que con refuerzos peruanos llegaron de Iquique. Días antes el ejército boliviano ya se había retirado en desbandada a su tierra tras la batalla de San Francisco.

2 Es la única victoria del ejército como fuerza organizada. Las otras victorias peruanas logradas durante la Campaña de la Breña no fueron obra del ejército peruano sino de las guerrillas y montoneras que organizó Andrés Avelino Cáceres.

3 Para evitar ofender a sus vencedores y patrones chilenos, los militares peruanos prefieren recordar batallas perdidas, derrotas. Su baja autoestima les impide poner en primer plano victorias como las de Tarapacá, Marcavalle y Concepción. ¡Uy, no se vayan a enojar los chilenos!

4 Leer: García y Wagner humillan a la Marina de Guerra

FUENTE : CON NUESTRO PERÚ

La Batalla de Tarapacá

Tomás Caivano

Victoria en Tarapacá: "Belisario Suárez iba adelante en su ágil caballo blanco. Era el punto de mira de todo el ejército, electrizado por el ejemplo."


Cuatro días después de la batalla de San Francisco, los chilenos alcanzan al ejército peruano en Tarapacá. - Esperan refuerzos. - Contingentes respectivos de los ejércitos. - El ejército peruano estaba desorganizado. - Tarapacá. - Sorpresa y valerosa defensa de los peruanos. - El historiador Vicuña Mackenna quiere atenuar la derrota de los chilenos. - Los peruanos, aun faltándoles municiones, obtuvieron una espléndida victoria. - Porque no aprovechó en modo alguno al Perú. - Los peruanos se dirigen a Arica. - Fanfarronadas chilenas. - El desierto de Tarapacá queda en poder de los chilenos.
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General Juan Buendía, Vencedor de Tarapacá,

General en Jefe del Ejército del Sur


Después del simulacro de batalla de San Francisco, el ejército chileno permaneció inactivo, como si estuviese clavado en sus posiciones, por espacio de cuatro largos días; mientras todo exigía que se hubiese puesto inmediatamente en persecución del enemigo, desde la misma noche del 19: la posición de éste era tan triste que, una vez alcanzado, hubiera acabado necesariamente por rendirse. El Estado Mayor chileno no salió de su torpor sino en la mañana del 24, enviando una pequeña fuerza de caballería e infantería por el camino que atravesaran cuatro días antes las tropas peruanas.

Esta fuerza llegó sin inconvenientes a Tarapacá; y sabiendo que el enemigo se encontraba provisoriamente acampado allí, en tan deplorables condiciones de hacer suponer que, incapaz de batirse, se habría necesariamente rendido al simple acercarse de una división enemiga, por débil que fuese, su primera idea fue la de adelantarse inmediatamente, e intimarle la rendición. Después, escuchando consejo más prudente, decidió esperar, antes de intentar la empresa, los refuerzos que diligentemente pidió y obtuvo del cuartel general; y al amanecer del 27, con la completa confianza de hacer prisionero al enemigo sin disparar un tiro, se presentaron los chilenos sobre las alturas que dominan la pequeña aldea de Tarapacá. Sus fuerzas las hacen ellos ascender a 2,500 hombres, entre caballería e infantería, y diez cañones; los adversarios dicen por el contrario que fueron más de 5,000. A nuestro juicio, ambas cifras son equivocadas: es un hecho, que el combate de Tarapacá fue sostenido por la división Arteaga, que el 19 trajo consigo de Pisagua el General en Jefe, y que se quedó en Jazpampa, cuando la retirada y dispersión del ejército de los aliados hizo inútil su presencia en San Francisco; y puesto que resulta de los documentos y partes oficiales chilenos, que dicha división se componía entonces de 3,500 hombres (1), todo dice y hace creer que éste precisamente, aumentado con los 400 hombres que habían salido antes de Dolores, fuese el número de los chilenos que tomaron parte en la jornada de Tarapacá, es decir 3,900 entre todos.
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Coronel Belisario Suárez, Vencedor de Tarapacá,

Jefe del Estado Mayor

En cuanto a los peruanos, no pasaban de 5,000, de los cuales, cerca de 3,600 se encontraban en la aldea misma de Tarapacá, y 1,400 unas cuantas millas más allá, en Pachica, en marcha para Arica; de manera que las primeras seis horas de combate, comenzando desde las nueve de la mañana, fueron sostenidas únicamente por los 3,600 hombres que se hallaban en Tarapacá. La división de Pachica tuvo noticia de la llegada de los chilenos en Tarapacá, en el momento mismo en que comenzaba la lucha, mientras se preparaba a continuar su marcha hacia Arica: no pudo encontrarse sobre el campo de batalla sino a las tres de la tarde; y como fácilmente se comprende fue la que decidió del éxito de la jornada (2).

Atendiendo a los precedentes de San Francisco y al lamentable estado en que se encontraban los batallones peruanos en Tarapacá la confianza que animaba a los chilenos, de hacerlos prisioneros con poca o ninguna fatiga, no era completamente sin fundamento.

En dirección a Arica, donde principalmente los empujaba la falta de vituallas, el hambre que lentamente los consumía desde tantos días, los peruanos se habían detenido en Tarapacá con el solo objeto de hallar un poco de reposo después de tantos días de largas y fatigosas marchas, y de esperar a la quinta división que había salido la última de Iquique, para entrar reunidos en Arica. Esta división, caminando a marchas más que forzadas en un desierto impracticable, por seis días consecutivos, había llegado a Tarapacá, rendida y fatigada, la mañana del día antes, 26; cuando, en atención a los muy pocos recursos que pudo ofrecer la pequeña aldea de Tarapacá, era preciso ya salir de allí. Sin embargo, para dar un día a lo menos de reposo a esta división, que literalmente no se tenía de pie, se hizo salir adelante una división de 1,400 hombres (la que luego volvió desde Pachica), aplazando la salida del resto del ejército para las últimas horas del día después, 27.

Por consiguiente, la mañana del 27, casi en el momento de emprender la desastrosa marcha, que tenía todo el aspecto e importancia de una fuga —pues sino del enemigo, huían de las privaciones del desierto— el pequeño ejército del Perú hallábase aún como lo vimos al alejarse de las faldas de San Francisco, en estado de completa desorganización. Salvo pocas excepciones, puede decirse que no había oficiales: los que no habían desertado después de los hechos de San Francisco, habían perdido todo prestigio ante sus soldados, los cuales no podían dejar de reprocharles su mala conducta del día 19, delante del enemigo. Había, es verdad, unos cuantos oficiales que, por sí mismos muy dignos de consideración, todavía conservaban su propia autoridad, como Buendía, Suárez, Cáceres, Bolognesi y Ríos que mandaba la división que había llegado de Iquique, y otros de igual mérito: pero, si con sus esfuerzos podían conseguir mantener unida aquella gente (lo que no era poco en aquellas circunstancias, y que hubiera sido imposible con soldados menos buenos), no eran suficientes para atender a todo, y para levantar el espíritu de aquellos hombres que, después de haberse visto tan mal dirigidos y guiados y hasta cierto punto víctimas de la traición de sus jefes más inmediatos, se veían todavía rodeados de dificultades y privaciones de todo género, con la terrible perspectiva más o menos próxima de tener que sufrir el hambre más espantosa quien sabe por cuantos días. Disciplina, por consiguiente, tenían poca o ninguna; y exceptuando el hecho de permanecer todos juntos, de no desertar, cada uno tenía tácitamente la facultad de obrar a su albedrío.

Como prueba de cuanto antecede baste saber, que no hacían ninguna de las tantas operaciones propias a un ejército en campaña, ni aun las que tan imperiosamente exigía su misma seguridad personal. Nadie pensaba al enemigo que dejaban a las espaldas, y que debían suponer ocupado en su persecución: Vivían en el mayor olvido de todo, sin avanzadas, sin patrullas de inspección y sin tener ni aun siquiera una centinela que pudiera avisarles su llegada, en el caso nada improbable de que esto llegase a suceder. Y aquí hay que advertir, que situada la pequeña aldea de Tarapacá en el fondo de un estrecho valle, cuya mayor anchura no pasa de un kilómetro, entre dos cadenas de cerros elevados y escabrosos, su situación debía necesariamente ser de las más críticas y difíciles en el caso de una sorpresa por parte del enemigo, el cual podía ocupar sin ser apercibido las alturas de los cerros, como efectivamente sucedió la mañana del 27, y desde allí fusilarlos a mansalva, antes que tuvieran tiempo de salir de aquella especie de profundo canal en que se encontraban (3).

Esta circunstancia era precisamente la que fortalecía más la confianza que abrigaba el ejército chileno de hacerlos prisioneros a poca costa, pareciéndole, y no sin razón, casi imposible toda tentativa de resistencia, una vez que se hubiesen dejado sorprender en Tarapacá, aun independientemente de toda otra consideración.

Como la sorpresa sucediera, y como los peruanos encontraron medio de salir de su difícil y casi desesperada situación, lo sabremos por el escritor chileno tantas veces citado.
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Coronel Andrés Avelino Cáceres,

Vencedor de Tarapacá,

Comandante General de la Segunda División


“Hallábase el Coronel Suárez bajo un corredor, firmando una papeleta para distribuir unas pocas libras de carne de llama al batallan Iquique –35 libras por batallón– cuando, apeándose de sus mulas tres arrieros que habían salido en la mañana a sus quehaceres por los cerros del oriente, corrieron a decirle que el enemigo coronaba las alturas por el lado opuesto. Y no habían aquellos acabado de hablar, cuando otro arriero revolvía del camino de Iquique con la misma terrible noticia… Eran las nueve y media de la mañana del 27 de noviembre cuando oyóse en todos los cuarteles y puntos de hospedaje del bajio el bronco sonar de las cajas de guerra que tocaban generala… alistáronse todos, sin acuerdo previo, para salir de la ratonera en que estaban metidos, dominando a un mismo tiempo las alturas del suroeste y del noroeste que emparedaban la quebrada como hondo cementerio… No había por allí senderos practicables, pero los soldados alentados generosamente por sus oficiales, trepaban los farellones a manera de gamos, apoyándose en sus rifles… El Coronel Suarez, Jefe del Estado Mayor, esta vez como en todas las precedentes iba adelante, y su ágil caballo blanco, encorvándose en la ladera para afianzar sus cascos y su avance, era el punto de mira de todo el ejército electrizado por el ejemplo. Eran las diez de la mañana, y la terrible batalla de Tarapacá que fue propiamente una serie de batallas en un mismo Campo Santo, iba a comenzar (4).”

El soldado peruano probó una vez más, en la sangrienta lucha de Tarapacá, como en los tiempos de la guerra de la independencia, sus excelentes cualidades personales, y lo mucho que se podría conseguir de él si tuviese una buena oficialidad. Sorprendido por el enemigo cuando menos se lo esperaba, casi encerrado en un foso sin salida, y cuando por sus excepcionales condiciones del momento, así materiales como morales, debía necesariamente encontrarse tan débil de ánimo como de cuerpo, supo, no solamente salir del foso para ponerse enfrente de un enemigo que lo dominaba y fusilaba a discreción, sino también combatir valerosamente durante largas horas, y conseguir una victoria tan espléndida como inesperada. Para obtener todo esto, no pudo contar más que sobre su valor personal, sostenido apenas por el ejemplo y la voz de un pequeño número de buenos oficiales. Sin artillería y sin caballería, de que el enemigo estaba abundantemente provisto, sin plan de batalla y sin hallarse confortado por alimentos buenos y suficientes (habiendo sido sorprendido mientras se estaba preparando el mezquino rancho, al cual estaba reducido desde algún tiempo), el soldado peruano se adelantó intrépido y resuelto contra el enemigo; lo fue a buscar hasta dentro de sus mismas posiciones, que estaban defendidas por diez buenos cañones y por las bien aprovechadas asperezas del suelo; y luchando cuerpo a cuerpo, en un encarnizado combate varias veces suspendido, para tomar aliento y volverlo a empeñar cada vez con vigor siempre creciente, le tomó sus cañones y sus banderas, lo desalojó de sus posiciones, y lo hizo retroceder varias millas en completa derrota. Si el soldado peruano hubiese tenido todavía a su disposición, suficientes cartuchos para seguir haciendo fuego diez minutos más, la jornada hubiera concluido con la pérdida completa e inevitable de toda la gruesa división chilena (5).

Aunque, movido por su excusable amor de patria, se afane Vicuña Mackenna en atenuar la indudable derrota de los suyos, la verdad no deja de hacerse de vez en cuando camino, aunque más o menos ahogada, en el curso de su apasionada narración: así es que exclama: “La pérdida que más profundamente afligiera el corazón de la República en aquella luctuosa jornada, en que por la primera vez en larga historia (¡un país que nació ayer!) dejó Chile sus cañones y su bandera en manos enemigas, fue aquella de los dos Jefes etc. etc… La derrota tan temida por el chileno, va a consumarse... Pero ¡oh fortuna! las filas peruanas vacilan y se detienen en medio de la pampa. ¿Qué acontece? ¿Qué orden, ni cual causa sujétalas misteriosamente en el camino de su inminente victoria?” Después, enumeradas con su habitual prolijidad las diversas causas, comprendida la de la falta de municiones, que a su entender, detuvieron en el mejor momento las tropas peruanas, continua: “No es posible precisar duda tan ardua, porque lo más cierto tal vez fue que todas esas causas influyeron a la vez en la mente de los jefes peruanos para contener el final avance que iba a traer a sus banderas un señalado e histórico triunfo (6).”

Ya en completa derrota, los chilenos no hacían más que huir a la desbandada por el camino de su cuartel general de Dolores, de donde esperaban numerosos refuerzos, cuando los peruanos, que desde largo rato no hacían fuego más que con las armas y municiones de los muertos y heridos chilenos, viendo que no tenían un solo cartucho que quemar, se encontraron obligados a detener una persecución ya bastante prolongada; y es indudable, que si hubiesen tenido un poco de caballería o algunas municiones más, el ejército chileno se hubiera visto obligado, o a caer prisionero, o a dejarse acuchillar impunemente; porque hacía tiempo ya que no oponía ninguna resistencia, si se exceptúan solamente algunos raros casos de individuos aislados, que de cuando en cuando descargaban todavía sus armas. Pero, si favorecido por un evento tan extraño a él y a su acción, pudo el ejército chileno tan inesperadamente salvarse de una ruina cierta y completa, no por esto la jornada de Tarapacá dejó de ser una espléndida victoria para las armas peruanas; victoria que será para la historia tanto más bella y significativa, cuanto más justamente se calcule la diversa situación en que se encontraban los dos ejércitos combatientes. Las pérdidas fueron: muertos y heridos chilenos 758, prisioneros 56; muertos y heridos peruanos 497.

Sin embargo, esta victoria, la única que cuente el Perú en todo el curso de la guerra, y tan bien ganada como hemos visto, no pudo en modo alguno mejorar la suerte de la lucha en la cual se hallaba empeñado, atendida la excepcional condición, que el lector conoce, en la cual se encontraba el ejército vencedor, y que la victoria no modificó ni podía modificar. Tenía necesidad de víveres, de pan; y la victoria conseguida sobre el enemigo no podía dárselos, porque no era éste quien lo privaba de tales artículos de primera necesidad, sino el desierto que lo rodeaba por todas partes, y la incapacidad del Presidente de la República y director supremo de la guerra, que indolente y ocioso en Arica, nada había hecho y nada hizo para socorrerlo. Tenía necesidad de municiones de guerra, de cartuchos; y la victoria no hizo más que hacerle consumar los pocos que aún le quedaban. Su situación, después de la victoria, era todavía más desesperada que antes. Aún prescindiendo de la imposibilidad de mantenerse en Tarapacá sin víveres; si el enemigo volvía al ataque, lo que era fuera de duda, teniendo cerca de siete mil hombres todavía en el próximo campo de Dolores, no hubiera podido responder a sus fuegos, ni aun con un solo disparo.

De consiguiente, el ejército vencedor se vio obligado a continuar sin demora su marcha hacia Arica, ya fijada para aquel mismo día 27. La victoria no había podido influir más que en retardarla de algunas horas; y a la medianoche, entre el 27 y el 28, mientras los deshechos batallones chilenos, temerosos de ser atacados al amanecer se alejaban a toda prisa del último campo de batalla, las victoriosas fuerzas peruanas, después de haber escondido bajo la arena los cañones tomados al enemigo y que por falta de caballos no podían llevarse consigo se ponían lentamente en camino, tristes y hambrientos, en dirección a Arica.

Gracias a esto, el ejército chileno quedó único señor y dueño en el desierto de Tarapacá; y tanto los hombres políticos como los escritores de Chile sacaron argumento de aquí, para negar la derrota sufrida por las armas de su país en la batalla de Tarapacá, la única que se hubiese realmente combatido hasta entonces; pues, como el lector ha visto, no puede darse ese nombre ni al desigual combate de Pisagua, donde 900 bolivianos y peruanos fueron embestidos por diez mil chilenos, ni a la insignificante escaramuza de San Francisco, que se redujo únicamente al intempestivo y aislado ataque de una sola división peruana contra las formidables posiciones chilenas; ataque que el mismo ejército chileno consideró como un simple reconocimiento preliminar hecho por el enemigo; de tal manera que se preparó para la verdadera batalla que creía aplazada para el día siguiente, y que la deserción de las divisiones bolivianas y la felonía de algunos jefes y oficiales peruanos hizo imposible.
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Coronel Francisco Bolognesi,

Vencedor de Tarapacá,

Comandante General de la Tercera División


Dice Vicuña Mackenna: “Los dos ejércitos alejábanse del sitio por opuestos rumbos (varias horas después del combate) silenciosos y sombríos… El enemigo que se creía transitoriamente vencedor por las ventajas momentáneas del asalto, comenzaba la fuga hacia Arica, abandonando en el campo de batalla sus heridos (7), los cañones que nos habían arrebatado por acaso, y el país que nosotros habíamos venido a quitarles por la razón o por la fuerza.

¿Cuyo era entonces y en definitiva el vencimiento militar? A la verdad, sí en la quebrada de Tarapacá hubiera habido victoria para los enemigos y provocadores injustos de Chile (siempre la misma fábula del lobo y el cordero), habría sido ella interina, si tal pudiera llamarse, al paso que el éxito de las operaciones que allí terminaron fue para las armas de Chile un éxito asombroso y completo (8).”

El éxito de las operaciones a que se refiere el historiador chileno fue la posesión del desierto de Tarapacá. Pero, como hemos visto ya, esta posesión no fue en manera alguna conquistada por el ejército chileno con la fuerza de las armas; habiendo salido por el contrario, gravemente batido y diezmado, en la única batalla que hubo a sostener con el enemigo en dicho desierto. Esta posesión la obtuvo como simple consecuencia del abandono que hizo de ella el enemigo: abandono que a su vez fue efecto de varias causas, todas independientes de la acción de las armas de Chile; a saber: de la deslealtad o retirada como quiera llamarse, del boliviano Daza; de los malos hábitos revolucionarios de la mayor parte de los jefes y oficiales del ejército aliado peruano-boliviano, y más que todo, de la incapacidad del Gobierno peruano, que dejó su ejército abandonado a sí mismo en medio al vasto desierto, sin víveres y municiones de guerra; de modo que éste debió huir, no del enemigo, sino del territorio mismo que debía defender, y que lo mataba de inanición. Si el general Prado, que permanecía inútilmente en Arica con cerca de 5,000 hombres de los mas escogidos y disciplinados, se hubiese adelantado con una buena provisión de víveres y municiones hacia Tarapacá, como era su deber, inmediatamente que tuvo conocimiento de la vuelta de Daza, los sucesos hubieran ciertamente cambiado de aspecto de una manera muy notable.

La posesión del desierto de Tarapacá no fue de consiguiente, como pretende el historiador chileno, el éxito de las operaciones del ejército de Chile, las cuales no pudieron ser más mezquinas e infelices, a pesar de cuanto lo favoreciera la fortuna, y de los grandes medios de que disponía. Fue por el contrario efecto del inmenso malestar interior que roía por tantos conceptos a las dos repúblicas aliadas Perú y Bolivia; las cuales, así por mar como por tierra, en la batalla de Tarapacá como en las posteriores de Tacna y de Lima, no fueron de ninguna manera vencidas por el enemigo, sino que se echaron a sus pies ellas mismas, deshechas y aniquiladas por sus facciones políticas internas, y por todos aquellos vicios que eran una consecuencia natural de sus muchos años de revolución y desgobierno.

Quedando dueño del desierto de Tarapacá, la posesión de cuyas fabulosas riquezas era desde tanto tiempo su sueño dorado, Chile se lanzó sobre ellas con toda el ansia de una inveterada codicia prodigiosamente crecida con el trascurso del tiempo, de día en día, por el largo esperar y por la necesidad que poco a poco se hacía sentir cada vez mas imperiosa, de aliviar con su producto las exhaustas arcas del Tesoro. Se instaló en aquel territorio como en su casa; y a la par que los productos aduaneros, hizo suyos también todos los del salitre y del guano.

Notas

(1) Véase Benjamín Vicuña Mackenna, 1880. Historia de la Campaña de Tarapacá, t. II, Santiago de Chile: Imprenta y Litografía de Pedro Cadot, pág. 912.

(2) “El General Buendía llegó a contar en Tarapacá más de 5,000 hombres… Tan lejos estaban de pensar que serían perseguidos, que el mismo día 26 mandó el General Buendía que marchasen adelante (por el camino de Arica) dos destacamentos con unos 1,400 hombres, y él quedó en Tarapacá con otros 3,600 que necesitaban todavía de una noche de descanso. Allí durmieron como en los días de más perfecta paz, sin siquiera colocar centinelas avanzadas en los alrededores y sin sospechar que el enemigo se hallaba en las inmediaciones.”
Diego Barros Arana, 1880. Historia de la Guerra del Pacífico, 1879-1880. Santiago: Librería Central de Servat y Compañía, pág. 171.

(3) “En el momento en que llegaba el Comandante Santa Cruz (Jefe de un batallón chileno) frente al pueblo de Tarapacá, hallábase entregado el ejército peruano, salvado únicamente por la inercia culpable de nuestros jefes, en las pacíficas tareas de cuartel, las armas en pabellones en las calles, en los patios, bajo los corredores y los árboles, hirviendo en las pailas de fierro de los cuerpos el escaso arroz y la más escasa carne de su vianda, sin un puesto avanzado, sin un puesto a caballo o a pie para dar aviso… El desgreño de la confianza era absoluto, y nadie a esas horas pensaba sino en seguir pacíficamente el derrotero de los altos, volviendo la espalda al osado invasor… La división Rios vino ese mismo día (la de Iquique que había llegado por el contrario el día antes) trayendo, sino víveres, un precioso repuesto de municiones, que era la gran carencia del momento.”
Benjamín Vicuña Mackenna, Obra citada, t. II, pág. 1039.

(4) Benjamín Vicuña Mackenna, Obra citada, t. II, pág. 1042 a 1044.

(5) “Al principio del combate éramos escasamente 3,000 hombres de infantería, batiéndonos contra una fuerza de 5,000, dotada de las tres armas y provista de todos los elementos de guerra, porque no solamente éramos inferiores en el número y nos faltaba caballería, sino que nuestros mismos infantes se encontraron sin municiones en un momento dado, teniendo que recoger los rifles y las cápsulas de los muertos, heridos y dispersos enemigos… En diez horas de rudo y encarnizado combate, todos aquellos poderosos elementos (del ejército enemigo) fueron destrozados por la intrepidez y denuedo de nuestros soldados; la infantería y la caballería huyeron en dispersión; la artillería quedó en nuestro poder, como también un estandarte, algunas banderas y numerosos prisioneros.”
Del parte oficial del General en Jefe, General Juan Buendía

“La sola ascensión hasta el nivel de los baluartes contrarios es por sí misma un triunfo, porque la ciudad que nos servía de cuartel general está por todas partes dominada… Antes de combatir, hemos tenido que ponernos en condiciones de hacerlo, entregándonos indefensos a los tiros de los contrarios… El enemigo ocupaba al principiar la acción un campamento de casi una legua, entre el alto de la cuesta de Arica y el de Visagras, y al concluir había retrocedido hasta al cerro de Minta, dos leguas mas allá de sus atrincheramientos.”
Del parte oficial del Jefe de Estado Mayor, Coronel Belisario Suárez

(6) Benjamín Vicuña Mackenna, Obra citada, t. II, pág. 1121 y 1178.

(7) Los heridos, que por falta de ambulancia no pudieron llevarse con ellos, fueron confiados por los peruanos en la pequeña aldea de Tarapacá a los cuidados de sus habitantes.

(8) Benjamín Vicuña Mackenna, Obra citada, t. II, pág. 1180 y 1185.

Fuente: Tomás Caivano. 1883. Historia de la Guerra de América entre Chile, Perú y Bolivia. Florencia: Tipografía Dell’Arte Della Stampa, Capítulo IX, “Batalla de Tarapacá”, páginas 293-305.

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