Señor presidente, Alan García, no pertenecemos a esfera política alguna, por lo que queremos preguntarle ¿Sabe usted cómo se forma un militar?
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| .......................José Boterín Pintura del Museo Naval del Perú “Capitán de Navío Julio J. Elías Murguía” |
Por Ernesto Linares
En los combates de Guayaquil había muerto el vicealmirante Guisse el 24 de noviembre de 1828, pero el bloqueo de Guayaquil no aflojó y el puerto empezó a ser abandonado. El coronel colombiano Daniel O’Leary escribía:
“Guayaquil es un desierto. No se ve en la calle una persona decente; sólo las familias de la viuda y de las Garaycoas están aquí” (1).
La escuadra peruana que bloqueaba Guayaquil se componía de 3 buques: la fragata Presidente, la corbeta Libertad y la goleta Peruviana. Todos estaban al mando del teniente 1° José Boterín, el marino más joven que se ha hecho cargo de la escuadra en la historia de la Marina de Guerra del Perú.
Los colombianos contaban con la goleta Guayaquileña y los bergantines Adela y Potrillo. El 6 de diciembre de 1828, los colombianos pusieron a flote dos brulotes para hundir a los buques peruanos, utilizando dos pequeñas naves llamadas Serafín y Caupolicán. El resultado fue desastroso como lo escribió O’Leary:
“Nuestros brulotes se convirtieron en burlotes. Pasé dos malas noches a bordo, pero sin objeto. Uno de los brulotes se fue a pique, los prácticos que debían conducirlos se echaron al agua aterrorizados, creyendo que el diablo se los iba a llevar” (2)
El 15 de diciembre Boterín envío una expedición al Morro con un oficial y 12 soldados para sorprender al Comandante Militar y 8 soldados, logrando que se subleve todo el pueblo a favor de Perú, formándose una montonera con 100 hombres armados sólo de lanzas (3).
Bolívar decidió reforzar la escuadra colombiana en Guayaquil, pero era muy tarde. El 6 de enero de 1829 le escribía a Paéz:
“La fragata Colombia debe haber salido el 13 de diciembre de Cartagena para Puerto Cabello. Allí debe ser socorrida de todo lo necesario para un viaje de 6 meses y debe salir en convoy con un bergantín de guerra perfectamente equipado” (4).
Para el 11 de enero de 1829, la guarnición colombiana de Guayaquil se había reducido al batallón Ayacucho y dos compañías de artillería (5). Esto se debía a que la situación se complicaba en Guayaquil por la falta de víveres y por la invasión a territorio colombiano por el Ejército del Perú al mando del Presidente La Mar. Para esa época, la escuadra peruana fue reforzada por los siguientes buques: la corbeta Pichincha, bergantín Congreso y la goleta Arequipeña, además contaba con 8 lanchas cañoneras.
El 15 de enero, Daule se subleva a favor de Perú. Los rebeldes Domingo Iglesias y el capitán Avellanet matan al Comandante Militar Luis Dávalos. Las fuerzas sutiles peruanas pasaron a situarse en las embocaduras de los ríos Daule y Babahoyo.
Boterín intima el 13 de enero la rendición de Guayaquil a su Intendente, el general Illingworth, marino británico al servicio de Colombia. Este envía a Boterín dos parlamentarios: los coroneles Manuel Antonio de Luzurraga y a Juan Ignacio Pareja. El 19 de enero arribó a Guayaquil el capitán de navío Hipólito Bouchard en la fragata transporte Monteagudo mientras continúan las conversaciones en la goleta Arequipeña. Bouchard había sido nombrado como Comandante en Jefe de la escuadra peruana en reemplazo de Guisse. Al final, la noche del 19 se acuerda un armisticio de 10 días, dentro del cual, si ninguna de las partes tenía noticia de una batalla entre los ejércitos de Colombia y Perú, las fuerzas colombianas abandonarían Guayaquil. El acuerdo fue ratificado el 20 de enero por Hipólito Bouchard y Juan Illingworth. Como no llegó ninguna noticia a la ciudad, Illingworth se retiró con sus fuerzas, conformadas por el batallón Ayacucho y parte del batallón Girardot, este último llegado en los últimos días, hacia el norte por la vía del Daule.
Illingworth escribió en su parte al general Juan José Flores lo siguiente:
“En tan críticas circunstancias; cortados todos los recursos, y la comunicación de los pueblos, sin poder rescatar ni un solo soldado por las continuas amenazas enemigas, temiendo la introducción de armas y de la oficialidad de la tercera División, me vi precisado a oír la última invitación del jefe enemigo, a fin de entrar en una transacción que me diese el tiempo necesario, bien para salvar esta guarnición, bien para disminuir los nuevos peligros que me rodeaban; y como cada hora se producían eventos que angustiaban más y más mi situación, no fue posible conseguir otras condiciones, que las que constan en el convenio que en copia tengo que acompañar a usted” (6)
La ocupación de Guayaquil por la marina peruana fue el golpe más rudo que recibió Colombia en esta guerra. Al respecto, Daniel O’Leary escribió lo siguiente:
“La pérdida de Guayaquil nos ha acarreado grandes males; pero era una consecuencia natural de nuestra falta de marina en el Pacífico. Ahora no es tiempo de llorar las faltas que hemos cometido. Pensemos sólo en remediarlas. La posición geográfica del Perú desde un punto de vista militar, es tan superior a la nuestra, que sin exageración puedo decir que la derrota de su ejército le será menos perjudicial que la victoria a nosotros” (7).
Esta victoria peruana está olvidada, pero se debe saber que fue uno de los primeros triunfos en guerras internacionales que tuvo Perú y que los nombres de José Boterín, Manuel Sauri, Juan José Panizo, José María Salcedo, Francisco Forcelledo, Elcorrobarrutia y otros jóvenes marinos deben ser recordados en el futuro por su valeroso logro.
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Notas
(1) Daniel Florencio O’Leary. 1952. Memorias del General O’Leary, T. III, pp. 429 – 430. Carta de O’Leary a Sucre del 6 de diciembre de 1828.
(2) Ibídem.
(3) Félix Denegri Luna. 1976. Historia Marítima del Peru, T VI, pp. 238 – 239. Parte oficial de José Boterín al Secretario General.
(4) Mariano Sánchez Bravo. 2004. Historia Marítima del Ecuador, T. XI, Primera Parte, p. 157.
(5) O’Leary, Op. Cit., pp. 438 – 440. Carta de O’Leary a Bolívar del 11 de enero de 1829.
(6) Sánchez, Op. Cit., pp. 158 – 159. Parte oficial del Comandante General de Guayaquil al Jefe Superior del Sur de Colombia.
(7) O’Leary, Op. Cit., pp. 445 – 447. Carta de O’Leary a Estanislao Vergara del 21 de febrero de 1829.
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Siendo Lima el centro del virreinato en donde se concentraban las riquezas que obtenían los españoles del extenso virreinato, esta activa vida comercial, intelectual y política atrajo también a gran número de individuos al margen de la ley (como sucede hoy en todas partes del mundo).
Nuestro renombrado escritor Ricardo Palma publicó en 1897 la tercera edición de su obra Anales de la Inquisición de Lima*, en la cual expone lo que encontró en los archivos de la Biblioteca Nacional, que estaban a disposición de todos los investigadores, entre ellos estudiosos chilenos que llegaban a Lima.
Cuando los rateros chilenos atacan al Perú y finalmente ocupan la capital, la Biblioteca Nacional se convirtió en blanco de incontrolable saqueo. A lo largo de la historia, en las guerras se reconoce lo que son trofeos de guerra: armas del enemigo, banderas o insignias, dinero en efectivo; pero no libros ni bibliotecas.
El afán chileno al saquear la Biblioteca Nacional del Perú no era sólo entorpecer el desarrollo de la cultura del país atacado; también esta ratería se explica porque los chilenos que habían consultado el material de nuestra Biblioteca comprobaban con desagrado el papel de vertedero o basurero social en que las autoridades virreinales limeñas habían convertido a la Capitanía General de Chile. 
Ricardo Palma
Nuestro tradicionista, que fue Director de la Biblioteca nacional, vivió en carne propia la barbarie de los incontrolables rateros que se llevaban libros y manuscritos por carretadas. Con amargura escribe en el prólogo de Anales de la Inquisición de Lima: “Referencias hay en estas páginas á obras y manuscritos que existieron en la Biblioteca de Lima. Fatalmente, este edificio fué entrado á saco en Marzo de 1881, y los cincuenta mil volúmenes que contuvo de los que ocho mil se contraían exclusivamente á la América colonial, sólo Dios conoce las manos á donde habrán ido” (p. 5).
Está claro que los terroristas chilenos, con la mascarada de considerar botín de guerra lo que son bienes culturales, en verdad lo que buscaban era retirar de la luz pública los documentos que demostraban el importante papel que el detritus humano del virreinato había tenido en la formación de la nación chilena. Esto, añadido al hecho histórico de que el conquistador Francisco Pizarro mandó a Chile, tierra baldía, sin riquezas y con etnias primitivas, a Diego de Almagro y sus huestes para deshacerse de ellos y no compartir los tesoros incaicos, generó en los chilenos contemporáneos un gran resentimiento heredado de los almagristas, que habían retornado al Perú furiosos por el engaño y desencadenaron una guerra civil contra Pizarro.
Desde el desengaño de Almagro y hasta el final del virreinato Chile siempre fue una tierra a donde nadie quería ir. Por ello iba gente obligada a hacerlo, esto es, los presidiarios, soldados y curas.
Con saqueo y todo, Ricardo Palma llega a individualizar casos de desterrados a Chile, con nombre y apellido. Entre los nombres de expulsados a Chile que registra Palma tenemos:
Feliciana Fritis, bruja (p. 99)
Juan de Ochoa, promiscuo sexual (p. 99)
Felipe de Latorre, bígamo (p. 99)
Nicolás de Araus y Borja, farsante y zahorí (p. 100)
Juan de Cerda, bígamo (p. 100)
Juan Bautista Gómez, bígamo (p. 101)
Matías de Cabrera, bígamo (p. 101)
Bernardo de Aguirre, bígamo (p. 101)
Matías de Aybar, promiscuo sexual (p. 114)
Nicolás Benito Campuzano, bígamo (p. 115)
Pedro Martín de Orellana, bígamo (p. 116)
Francisca Andrea de Benavides, bruja y alcahueta (p. 116)
Inés de Peñalillo, bruja (p. 116)
Petronila Guevara, bruja (p. 117)
María Barreto y Navarrete, bruja y farsante (pp. 117-18)
José Nicolás Michel, embustero y falso sacerdote (p. 120)
Pedro Sigil, falso sacerdote e idólatra (p. 120)
Calixto de Erazo, bígamo (p. 121)
Domingo Llanos de Espinola, polígamo (p. 121)
Juan José Otárola, bígamo (pp. 121-22)
Juan Antonio Pereira, blasfemo (pp. 126-27)
Diego Pacheco, falso sacerdote (p. 127)
Rafael de Pascual y Sedano, hereje (pp. 127-28)
José Zegarra, falso sacerdote (p. 128)
Juan de Salas, bígamo (p. 129)
Juan José Meneses, brujo y blasfemo (p. 142)
José Pantaleón, agitador antirreligioso (p. 143)
Francisco del Rosario, agitador antirreligioso (p. 144)
Esto es lo que ha podido rescatarse, lo demás —documentos sobre otros delincuentes más peligrosos— lo robaron los chilenos para tratar de ocultar el sustrato maligno de las castas que proliferaron en su país.
La gran mayoría de los desterrados era enviada a Valdivia, a la isla Juan Fernández o a la ciudad de Concepción. En esta pequeña muestra se nota una mayoría de transgresores religiosos (blasfemos, herejes, falsos sacerdotes, brujos), contingente que llegó a tener una influencia multiplicada. Hasta el día de hoy en Chile los Diez Mandamientos (especialmente el sétimo “No robarás” y el quinto “No matarás”) son una curiosidad cultural (para ellos no es religiosa) que les estorba, puesto que la conducta de Chile como nación está basada en el robo y en el homicidio.
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| Almagristas dando muerte a Pizarro |
Para mayor burla, esta gente que por razones históricas lleva en sus genes la incredulidad religiosa y el instinto primitivo de apoderarse de lo ajeno a como dé lugar (si es matando, mejor) no vacila en utilizar sin ningún respeto el nombre y persona de Cristo, y se han atrevido a levantar el llamado “Cristo de la Concordia” en Arica, para infundir el mensaje de que Cristo avala el robo territorial perpetrado contra Bolivia y el Perú.
Aparte de las raíces demográficas, de los núcleos de lumpen antirreligioso que llegaron a Chile, la iniciativa chilena de erigir la mencionada estatua debe verse como continuación natural de la prédica antiperuana y antiboliviana del clero chileno que, alejándose del mensaje de paz y fraternidad de Cristo, incitaba a las masas chilenas al robo y al homicidio, presentando a Bolivia y al Perú como naciones que merecían el castigo de Dios por la mano de Chile. De esta manera, esa campaña de azuzamiento al robo, al asesinato y al terrorismo que duró décadas —según demuestra Carmen McEvoy en su libro Armas de disuasión masiva— no sólo recibió la bendición de los sacerdotes chilenos, sino que ellos mismos la propiciaron desde el púlpito y la intensificaron durante el transcurso de la guerra.
La mona, aunque de seda se vista…
* Vuelta a publicar en Lima en 1997, en edición facsimilar.
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La candidata a la alcaldía de Lima Susana Villarán de la Puente oculta que es investigada por el Ministerio Público por el presunto delito contra la fe pública en la modalidad de falsificación de documentos y falsedad genérica, en agravio del Estado por supuestamente haber adulterado una transcripción oficial de una sesión de trabajo del Congreso de la República en el año 2004.